Hoy queremos recordar y celebrar la vida de Guillermo Miranda.
Guillermo nació el 12 de octubre de 1956, en Los Reyes Coyoacán, en la Ciudad de México. Fue el cuarto de ocho hermanos, hijo de Rosa Mejía Rueda y Jaime Gabriel Amador Miranda. Creció en una familia humilde, compartiendo habitación con sus hermanos, entre noches de charlas eternas, juegos, futbol y muchas historias que después se convertirían en recuerdos inolvidables.
Creció también entre los aromas de la cocina de “Gosita”, como le decía de cariño a su mamá, disfrutando comidas deliciosas como los chiles rellenos y el mole.
Desde pequeño le gustaba estudiar, convivir con su familia y disfrutar cada momento. Más adelante estudió arquitectura en la Universidad Autónoma de México, una escuela que amó profundamente y que marcó gran parte de su vida. Logró ejercer la profesión que tanto amaba y, con mucho esfuerzo y dedicación, llegó incluso a ser maestro en el Colegio Militar Mexicano, algo que siempre fue motivo de orgullo para él y para toda su familia.
Pero Guillermo no era solamente arquitecto.
También era fotógrafo, cantante, guitarrista, amante de las montañas y de los momentos en familia. Le encantaba tomar fotos de sus hermanos y sobrinos, porque sabía que los recuerdos valen mucho. Y si había una reunión familiar, seguramente en algún momento terminaba cantando. Tenía una voz muy bonita y no necesitaba mucho pretexto para sacar una canción.
Le gustaba escalar montañas, pero quienes lo conocieron saben que una de las cosas más grandes que logró fue construir una familia llena de amor.
A los 30 años conoció al amor de su vida, Luz Marina Miranda, emigró a Estados Unidos, donde compartió 39 años de matrimonio y un amor profundo y verdadero. Juntos formaron una hermosa familia con sus hijos Stephany y Kevin, de quienes siempre estuvo profundamente orgulloso.
Y después llegaron Milan y Troy, sus nietos, a quienes disfrutó muchísimo. Le encantaba jugar con ellos, cantarles canciones, cargarlos y verlos crecer. Ellos trajeron una alegría nueva y muy especial a su vida.
Aunque vivió muchos años lejos de México, nunca se alejó realmente de su familia. Siempre estuvo pendiente, siempre hizo sentir su cariño y nunca olvidó sus raíces, sus hermanos, las navidades cantando juntos y esos momentos sencillos que terminan siendo los más importantes.
Fue guía para muchos de sus sobrinos, un hombre trabajador, amoroso y orgulloso de la familia que construyó.
Hoy nos duele despedirlo. Nos duele pensar que ya no escucharemos su voz ni sus canciones de la misma manera. Pero también queremos celebrar la vida tan bonita que tuvo, porque dejó amor, enseñanzas, música y recuerdos en cada persona que lo quiso.
Y aunque hoy hay tristeza, también tenemos la certeza de que algún día volveremos a reunirnos con él… y seguramente volveremos a cantar juntos.